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Escrito por Ernesto   
Darse cuenta que sostenía el mundo bajo la uña fue el encuentro más holocaustico que le había ocurrido hasta entonces.
Catastrófico, fue que se dirigió presuroso a la farmacia que se localizaba a no más de 300 pasos, por la avenida que se desquebrajaba poco más adelante.
Se acercó al farmacéutico con pose grandilocuente, señorial, midiéndolo de pies a cabeza y con voz sumisa, pidió un cortamundos.
–¿¿¡¡Un cortamundos!!??-
Exclamó asombrado el encargado de las patentes. Volvió a preguntar, pero, más para hallar alguna respuesta de aquel joven que se decidía, así como así, cortar un mundo, en tal cuestionamiento (se) preguntaba porque antes nunca había vendido algún cortamundos, ¡¡es más!!, nunca se le había presentado la ocurrencia de aplastar un mundo, de estrujar un mundo, de coartar un mundo. ¡¡Es más!! No había visto un estrujador de mundos que viniera como los demás proveedores a surtir y repartir mercancías novedosas y “esenciales”, así como tampoco, un vendedor de cortamundos. Rió temeroso de ser tomado como un pelele de bata blanca tras un mostrador. Miró de cabeza a pies al joven que parecía decidido a mostrar su dedo índice causante de tan inoportuna demanda.
-¡Mire mire!-
Sostenía inquietante y angustiado su firme dedo con la ayuda de su otra mano, como si por sí solo el brazo derecho no pudiera, como si pesara una eternidad, un abismo negro, una masa inapropiada, pero ciertamente propia.
El farmacéutico embelesado, no lo podía creer. De verdad presentaba un mundo por debajo de la corteza fibrosa. Y sin quitar la mano del mostrador que empezaba a quebrarse a causa de tremendo peso que padecía acrecentarse, mencionó,
-me lo descubrí esta mañana al intentar asear la chimenea hollinada… Yo creo que de allí lo pesque, y como no he estado óptimo de salud, me encontró vulnerable- .
Llevaba un mundo con sus mares, sus planicies, sus nubosidades. Un mundo todo meticulosa… o mejor dicho, cuticulosamente formado.
La pose señorial con la que se había presentado en un inicio, se le iba desvaneciendo y de a poco, al mirar en un pasmo el rostro del farmacéutico y en espasmos los cotillas que se fueron acercando, se acomodó el dedo intransigente en la espalda y su hombro, y, caminando finalmente, enmudeció la a-venida de los hombres…

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